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las Púas

Las púas o cada una de aquellos tormentos en forma de palabras que se guardaron en viejos cajones para luego darles forma en un libro: el Tormento del erizo. Aquí te iremos presentando algunas de ellas.

Sobre animales…

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Sobre animales…

Sobre animales…   Desde hace años Siempre me había identificado Con el camaleón. Animal gracioso, único, listo. Acechando a su presa. Adaptándose como ninguno A la vida. A su ámbito A su alrededor. Hasta que un día, por pura casualidad Me encontré en el camino con unos erizos. Me contaron sus vidas Con sus percances y sus alegrías Sus dolores y sus penas. Desde ese mismo día Me di cuenta Que de hecho soy un erizo Y quedaré toda la vida Con mis púas… Como los...

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Standby

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Standby

Por tercera noche consecutiva apagó el televisor y apareció su silueta reflejada en la pantalla toda negra, reflejo estático que le insinuaba que él también estaba en estado de espera. Los planes se le habían jodido, llegando a la conclusión de que había algo que conspiraba para que esa noche la volviera a pasar solo. Entonces vinieron las sombras, los ecos, los ruidos extraños, los crujidos que parecían provenir del fondo del pasillo y una peste a soledad empezó a colarse por la rendija de debajo de la puerta. Y lo peor, venía en su...

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Subidas a mis barbas (lo probé todo)

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Subidas a mis barbas (lo probé todo)

Lo probé todo: A cambiar de mote, a cambiar de nick, de peinado, de forma de vestir. Cambié mis círculos, mis hábitos, mis manías, mi forma de sentir. Cambié mi eléctrica por una acústica, cambié mis mariposas por capullos y todos los colores se volvieron larvas. Volví al placebo y al placer del vino y me dejé las barbas. Lo había probado todo pero me di cuenta de que era el mismo idiota, idiota del todo. Me he vuelto a poner mi nombre, vuelvo a usar mi misma ropa, los mismos amigos de siempre y mis viejas formas. Mi eléctrica manoseada sin cuerdas, mi maquinilla oxidada, mis pastillas antidepre, mis mariposas enjauladas. Lo había probado todo y me vi en el abismo. Me di cuenta del problema, ahora al menos soy yo mismo. Eran ellas, eran ellas, eran ellaaaaaaas, las pesadillas que aún escarban. ¡¡¡Eran ellas, eran ellaaaaaaaaaaaaaaaaas!!! que se subían a mis barbas....

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Siempre hay un gilipollas

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Siempre hay un gilipollas

Siempre hay un gilipollas. No importa tu disposición Para afrontar, o incluso disfrutar El día que los dioses te conceden Porque siempre hay un gilipollas: Que te retiren la mirada. Una mala cara por nada. Una observación mediocre. Una indirecta de mal gusto. Ignorar tu saludo a conciencia. Pagar contigo el mal polvo de ayer. Mil sonrisas que dicen “Tu puta madre”. Mil sonrisas que dicen “Me das igual, chico”. Hablarte mal porque “Es que me encuentro mal”. Hablarte mal porque “Es que no te entendía lo que decías”. Una sugerencia que se podría haber hecho con tacto y en voz baja. Una respuesta brusca por lo que no debería haber sido un malentendido. Así es como nos aplasta a diario el zapato de este mundo que hemos creado....

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Miedo a cruzar la calle

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Miedo a cruzar la calle

Una vez conocí al miedo. No nos presentaron nunca pero enseguida supe que era él. Por su aliento podrido, por su almidonada vestimenta y su asfáltico modo de ser. Miedo al dinero, miedo al trabajo, miedo al tiempo, miedo al descanso. Miedo a los coches, miedo al sudor, miedo a mirarme al espejo y no encontrar nada. Miedo a serlo o a no ser yo. Miedo a cruzar la calle cuando el semáforo está en rojo. Miedo a mí mismo, miedo a ti… Así que esta vez probé a correr en círculos para quedarme en el mismo sitio, como correr sin huir, como huir sin correr. Y cuando creí haber estado lo suficientemente lejos de él pero cerca de mí, apareció el miedo-al-miedo, pero ya era demasiado tarde para evitar aquel impacto. Una vez conocí al miedo-al-miedo. No nos presentaron nunca pero enseguida supe que era él…...

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Área 25 (un espejismo)

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Área 25 (un espejismo)

Me he sentado a escribir acerca de la depresión, incluso he llegado a encontrar un buen título. He de confesar que hace días, estaba bien inspirado para esto. Pensaba en oscurísimas metáforas, símiles de horror, hipérboles infinitas. Aquellas ideas llamaban a la compasión y a las lágrimas. En ellas no había ni un resquicio para la esperanza. Tenía la mayor depresión de mi vida, y la dejé un mes. No hay nada que escribir ya en ese estilo. La medicina ha arreglado la falta de cierta sustancia del cerebro. Ahora, lo que queda es una sensación de estar a la altura de la situación o por encima de ella. Las ideas negativas duran un segundo, desaparecen y se olvidan. Es patente la total imposibilidad del llanto. Deprimido, cualquier recuerdo te lleva a las lágrimas. Lloras, hasta porque no sabes cómo dejar de llorar. De eso, ni rastro. En cuanto hizo efecto la medicina, cogí las cosas que ella dejó y las metí en cajas. Una sensación de llanto fortísima me llegó hasta la garganta, y con ésta, un sonido gutural. Un segundo, y sin hacer el mínimo esfuerzo, me vi incapaz de soltar una lágrima. Seguí recogiendo sus cosas. Ni rastro de odio, ni lamento, ni queja. Podría pensar, querido lector con media sonrisa en la boca, que estoy adormilado, como anestesiado. No. Los sentimientos, algo tan preciado, tienen un límite. Ir más allá sólo puede ser un trastorno del estado de ánimo. Lo que sí me queda es la sensación de sentirme algo androide, como sin alma, como insensible… pero en realidad lo que estoy es guiado por aquello que debo sentir, no por lo que ese problema en la corteza prefrontal me guiaba a sentir. Me pregunto si al mirarme a la espalda, podría ver la llave del resorte que ahora me ayuda a andar, en lugar de...

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Las palabras rotas

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Las palabras rotas

En estos días sucios… no me puedo quitar de esta tristeza. ¿Será por el otoño, que lentamente se acerca? ¿Será por aquellas palabras que me dijeron continuamente sin pensar y que hirieron? Por las palabras que me dijeron… Las palabras rotas de toda una vida. Claro… era sin querer.  

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Ciudades en las que el metro es antiquísimo

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Ciudades en las que el metro es antiquísimo

Una idea y un sentimiento se me pasan por la cabeza cuando viajo a ciudades en las que el metro es antiquísimo. Ya voy notando algo en mí nada más bajar, en cuanto dejo mínimamente atrás el ruido de la ciudad y llego al murmullo y los pasos de los pasillos subterráneos, allí donde la gente se mueve por los laberintos de luz eléctrica, y músicos y pedigüeños dan al lugar una banda sonora de un eco como fúnebre. Al llegar al andén, y observando cómo aparecen y desaparecen los ferrocarriles por la boca de los túneles, no puedo evitar el deseo de que el mío no llegue inmediatamente, para así, como en un trance, disfrutar de una extraña visión: Me imagino en casa, en la penumbra del salón escribiendo una historia en la que bajo a las vías y empiezo a recorrer tranquilamente el túnel junto al que esperaba, enorme y oscurísimo. Las luces a ambos lados de este no sólo ayudan poco, sino que más adelante se apagan, y camino a ciegas. El final del túnel no se ve, ni se intuye. Camino sobre las vías, tropezando a veces con el hormigón, otras con el hierro, sin saber a ciencia cierta cuándo el camino es recto o se curva, o se inclina haciendo que vaya cuesta arriba o cuesta abajo, dejando a mis pasos en un secreto traidor que se desvela mal y tarde […] La púa completa la hallarás en la versión de papel de el Tormento del erizo...

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