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Ciudades en las que el metro es antiquísimo

El erizo Share On GoogleShare On FacebookShare On Twitter

Una idea y un sentimiento se me pasan por la cabeza cuando viajo a ciudades en las que el metro es antiquísimo. Ya voy notando algo en mí nada más bajar, en cuanto dejo mínimamente atrás el ruido de la ciudad y llego al murmullo y los pasos de los pasillos subterráneos, allí donde la gente se mueve por los laberintos de luz eléctrica, y músicos y pedigüeños dan al lugar una banda sonora de un eco como fúnebre. Al llegar al andén, y observando cómo aparecen y desaparecen los ferrocarriles por la boca de los túneles, no puedo evitar el deseo de que el mío no llegue inmediatamente, para así, como en un trance, disfrutar de una extraña visión:
Me imagino en casa, en la penumbra del salón escribiendo una historia en la que bajo a las vías y empiezo a recorrer tranquilamente el túnel junto al que esperaba, enorme y oscurísimo. Las luces a ambos lados de este no sólo ayudan poco, sino que más adelante se apagan, y camino a ciegas. El final del túnel no se ve, ni se intuye. Camino sobre las vías, tropezando a veces con el hormigón, otras con el hierro, sin saber a ciencia cierta cuándo el camino es recto o se curva, o se inclina haciendo que vaya cuesta arriba o cuesta abajo, dejando a mis pasos en un secreto traidor que se desvela mal y tarde […]

La púa completa la hallarás en la versión de papel de el Tormento del erizo (próximamente)

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